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Acerca de literaturas menores y marginales

Sabían también que la integración con una nación más

grande les abriría un campo más vasto y conferiría mayor alcance a su trabajo

intelectual; en tanto que la lengua checa, como escribía Macel, limitaría su difusión.

(Milan Kundera).

De los escritores checos que han renunciado a la (relativa)

universalidad del idioma alemán y se han resignado

a la limitación de su idioma nativo, Capek es acaso el más celebre.

(Jorge Luis Borges).

Una de las problemáticas más fascinantes relacionadas a las denominadas literaturas marginales (o minoritarias) es su relación con la literatura central o “mundial”. Respecto a la literatura checa, a pesar de haber perdido la nación su soberanía por casi trescientos años, y de haber quedado la propia lengua al borde de la desaparición (si bien encontró refugio en las zonas rurales, el checo dejó de hablarse en Praga y en las grandes ciudades a causa de la germanización del territorio) a partir de mediados del siglo XIX se generó un movimiento nacional que encontró en las artes y, especialmente en la literatura, el caudal de donde retomar una construcción identitaria que durante siglos se había perdido casi por completo.

A partir de ese momento, la cantidad de escritores que, dejando de lado el universalismo del idioma alemán, comenzó a llevar a cabo sus producciones literarias en checo fue cada vez mayor. Al punto de rescatar, de esa forma, una lengua y una identidad que durante mucho tiempo se habían sido subyugadas.

Para los años de la creación del primer estado checoslovaco (1918), la literatura checa llegó, incluso, a llamar la atención de Europa, logrando que algunos autores (como Čapek o Hašek) alcancen un reconocimiento mundial.

En ¿Quién le canta al estado-nación? Judith Butler (2009) parte, precisamente, de la idea acerca de las tensiones entre las formaciones históricas de los estados-nación con las literaturas nacionales. A través de sus formaciones, los estados-nación capturan una literatura (de manera que puede hablarse de literatura checa, literatura alemana o literatura argentina) que se torna fundamental a la hora de definir la identidad nacional. Por un lado, por el resguardo que puede brindar a la lengua (como pudo ocurrir con el pueblo checo, y los relatos folklóricos de transmisión oral), pero por otro, además, por la posibilidad de demarcar aquellos rasgos que definen la identidad de los pueblos. Tal como ocurre con la operación que, sobre el Martín Fierro, realiza Leopoldo Lugones a principios del siglo XX para definir, ante la masiva ola de inmigrantes que llegaba a la Argentina, la identidad nacional.

Precisamente la operación que Lugones lleva adelante recae en un doble accionar sobre el poema: en primer lugar, el de la exaltación, al enaltecerlo como aquella obra en la que se refleja el pueblo; pero, al mismo tiempo, también el de una reducción, al condenarlo, para siempre, a ser leído y estudiado como un texto nacional; privándolo de su relación con el mundo.

En este sentido, establecer estudios de literatura comparada, en la que se puedan poner en diálogo al poema de Hernández con otras obras de su tiempo, brinda la posibilidad de restituir al Martín Fierro un valor que escape de una lectura sustentada en la reducción de su status de símbolo nacional.


Homi Bhabha, por su parte, en “El derecho a escribir” (2004) se explaya acerca del derecho de cada uno a narrar y a construir la propia historia. El derecho a narrar es el derecho a construir la propia identidad, a reconstruir y darle un sentido al pasado. Cuando el pueblo checo cayó derrotado en la batalla de la Montaña Blanca, lo primero que perdió es el derecho a poder utilizar su propia lengua, y por tanto a narrar su propia historia. Desde todos los tiempos, lo primero que imponen los conquistadores (desde el imperio romano hasta la España imperial) es su propia lengua. Los españoles imponen la lengua castellana en todo el continente, unificándolo e intentando borrar la identidad de sus pueblos. Pero con la conformación de los estados-nación, y su constitución como centros de poder, la pregunta que queda sin respuesta es la de quién garantiza el derecho a quienes no estén contenidos en ellos (en los estado-nación) a narrarse a sí mismos y a su propia historia.

Bhabha, en ese mismo título, también menciona a Toni Morrison, cuya obra gira en torno al pueblo afroamericano estadounidense y a su lucha por tener voz en una sociedad que los segrega y los margina. Esta problemática relativa a quienes quedan excluidos del reducto estado-nación se extiende por todo occidente y toca a minorías que, no por eso, dejan de elaborar sus propias narraciones, sus propias narrativas.

La literatura gitana de Europa del este, los libros en gallego de Manuel Rivas, las obras de Armando Discépolo en cocoliche, escritas a principio del siglo XX en Argentina, la escritura testimonial de Washington Cucurto, protagonizada por migrantes sudamericanos en la Buenos Aires de los 90, pueden ser considerados algunos ejemplos de la lucha y la necesidad de las minorías por alcanzar ese derecho propio sobre el cual reclama Bhabha. El punto de relación entre las tensiones entre las literaturas nacionales y la literatura mundial, las literaturas nacionales y las literaturas migrantes, es el derecho de las minorías a poder narrar su propia historia, en lugar de ser simplemente narrados por quienes tiene el poder de hacerlo.

Es, de alguna manera, luchar contra aquello que plantea Edward Said (2002) acerca de la construcción Occidental de Oriente: Si Occidente narra y construye su propia construcción de Oriente es porque cuenta con el poder de realizar esa operación.

Las operaciones discursivas a través de las cuales los grupos de poder narran y definen identitariamente al otro trasciende la relación entre hemisferios para manifestarse en todos los órdenes de la vida. Así, el ciudadano nativo narra y construye su propia noción del inmigrante, el blanco la del negro, el heterosexual la de las personas con orientaciones sexuales diferentes, las clases altas las de las bajas, el español la del latinoamericano, el estadounidense la del chicano, y así sucesivamente.... Las formas en que las literaturas presentan la narración de lo ajeno, de lo no central, alimenta la construcción de los estereotipos y estigmas convenientes al poder.

El escritor César González (quien también ha publicado bajo el pseudónimo de Camilo Blajaquis) ha declarado cómo incluso gente cercana a él (personas cuya buena intención se encuentra fuera de toda duda) cada vez que lo invitan a trabajar en ficciones lo hacen ofreciéndole personajes vinculados a las drogas, la ilegalidad o la violencia, simplemente por haber nacido y vivir en una villa de emergencia del conurbano bonaerense. Las villas, las zonas humildes y marginadas -plantea González- sólo parecen poder ser narradas desde una construcción literaria servil y funcional a la descripción clasista que al poder le interesa. Y que intentará reproducir por todos los medios posibles. (González, 2018).

La posibilidad de trabajar y construir una literatura que permita destrabar las construcciones narrativas hegemónicas, siempre cómplices, o cuanto menos, acompañantes de los intereses del poder, se vuelve crucial para poder devolver a la literatura su primordial fuerza constitutiva, en reemplazo de su mero papel de complicidad. Cuando Pascale Casanova -en la entrevista de Roberto Frías “Una lucha literaria mundial” (2002)- señala la dicotomía entre verdaderos (vanguardistas y heréticos) y falsos escritores (productores de best-sellers que se apegan a los cánones de la editorial internacional) y declara su interés por los primeros, lo que parece hacer en realidad es establecer la necesidad de que la literatura comience a trabajar en contra de una concepción inocente de sí misma, una concepción desentendida de su complicidad con el poder a la hora de establecer sus narraciones sobre los otros.

En estas conexiones entre centro y margen, poder y literatura, también se encuentra enmarcada la cuestión del canon. En el artículo “No me interrumpas: las mujeres y el ensayo latinoamericano” Mary Luis Pratt describe cómo en la composición del canon ensayístico latinoamericano la mujer queda prácticamente excluida. El poder que se impone aquí es el de una cultura patriarcal, en el que las voces de la mujer son despreciadas y marginadas.

La construcción de todo canon consiste en la legitimización de ciertas obras y autores que consiguen reunir la valoración unánime de un grupo de personas e instituciones. Pero estas personas e instituciones nunca funcionan sin el debido acompañamiento del poder a través del cual sus legitimaciones alcanzan resonancia y logran establecerse como tales.

Al recapitular todas las dicotomías hasta acá presentadas, lo que veríamos en común en ellas (en la oposición lengua/literatura oficial–no oficial, para el caso de la lengua checa dentro del Imperio Austro Húngaro; en la de centro-margen, para las obras de poblaciones minoritarias y excluidas, como la afroamericano en Estados Unidos o la “villera” en argentina; en la oposición nacional-internacional; o en la inclusión-no inclusión dentro del canon) es la existencia de una gran serie de literaturas cuya posición ha consistido (y consiste) en enfrentar y contradecir (desde un lugar de debilidad) la idea de lo que en términos de quienes tienen el poder de definir a las cosas -y al mundo- debería ser la literatura.





[1] Butler, Judith y Spivak, Gayatri: ¿Quién le canta al estado-nación? Lenguaje, política, pertenencia. Ed. Paidos. Buenos Aires, 2009.


[2] En Gibney, Matthew J. (comp.): La globalización de los derechos humanos. Ed. Crítica. Barcelona, 2004.


[3] Said, Edwuard: Orientalismo. Random House Mondadori. Barcelona, 2002.


[4] Frías, Roberto, entrevista a Franco Moretti: “Una lucha literaria mundial”, Revista de la Universidad de México. Abril 2002.


[5] Pratt, Mary Louise: “No me interrumpas: las mujeres y el ensayo latinoamericano”. Disponible en: jstor.org/stable/42624563?seq=1#page_scan_tab_contents



 
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