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Meditaciones estivales

  • 4 abr 2016
  • 5 Min. de lectura

Meditaciones estivales es, sin dudas, un libro fechado del cual, sin embargo, no son pocos los pasajes que emergen con un valor que trasciende las fechas y el contexto.

Escrito en 1991 (en medio de las transformaciones históricas ocasionadas por la salida del régimen comunista de Checoslovaquia, y su transición hacia una economía de mercado, por un lado; y al mismo tiempo que se llevaban a cabo las discusiones acerca del futuro de la República, que terminarían concluyendo con la escisión entre checos y eslovacos, por el otro) la cuestión política adquiere un papel central en el volumen, pero sin dejar nunca de reflexionar sobre aquellas cuestiones universales a las que debe enfrentarse todo ciudadano de una democracia moderna.

En este sentido, aquellas líneas dirigidas a la necesidad de un cambio paradigmático en la relación entre hombre y planeta sobrepasa la cuestión meramente política, apoyadas en el vínculo que para Havel une al hombre con el Cosmos:


Mi casa es la habitación en la cual he vivido algún tiempo, a la que me he acostumbrado y que, podría decirse, he tapizado con un revestimiento invisible (recuerdo, por ejemplo, que incluso la celda de la cárcel fue para mí en cierto modo mi casa y siempre sentía como un gran perjuicio tener de pronto que mudarme a otra celda: aunque era completamente igual que la anterior, incluso podía ser mejor, a pesar de ello yo la sentía como algo extraño y enemigo; al principio, en ella, me encontraba desarraigado y rodeado de lo extraño y necesitaba cierto tiempo para habituarme a ella, sentirme en casa, acostumbrarme a ella y despojarme de la añoranza de la celda anterior). Mi casa es la casa en la que vivo, el pueblo o la ciudad, en que nací o donde resido, mi casa es mi familia, el mundo de mis amigos, el entorno social y espiritual en el que vivo, mi profesión, mi empresa o mi lugar de trabajo. Mi casa, lógicamente, es también el país en el que vivo, el idioma que hablo, el ambiente espiritual que se respira en mi país y que está personificado en el idioma que en él se habla. (…). Finalmente mi casa es también Europa y mi identidad europea y, por último, este planeta y su civilización actual y, naturalmente, también todo nuestro universo. (…). Creo que a cada uno de estos estratos de la casa del hombre hay que reconocerle lo que es suyo, no tiene sentido negar ninguno de ellos en nombre de otro o excluirlo del juego con violencia o interpretarlo como menos importante o de menos valor, todos forman parte de nuestro universo natural y una buena organización social los debe respetar a todos en la medida adecuada a ellos y brindar a todos una ocasión razonable para su realización. Solamente así es posible abrir espacios para la libertad de autorrealización del hombre como tal, para la afirmación de su identidad, puesto que todos los estratos de nuestra casa, como todo nuestro universo natural, son parte inseparable de nosotros mismos y entorno inseparable de nuestra autoidentificación; el hombre totalmente desprovisto de todos los estratos de su casa, estaría totalmente desprovisto de sí mismo, de su humanidad.


En cuanto a la cuestión política, uno de los peligros sobre el que Havel clarificadoramente se detiene es aquel vinculado al abuso de los partidos. Esa trampa democrática que tanto deforma su espíritu, y que es capaz de emparentarla con su polo opuesto: el totalitarismo.

Una trampa siempre presente, a la que los límites reelecotrales ha intentado, mucas veces en vano, controlar. Quizás aquella en la que más hayan caído las democracias hispánicas de este lado del Océano, y que tanto se parece al populismo:


Los partidos políticos consideran a veces que me opongo a ellos. Eso, lógicamente, es absurdo: la asociación de ciudadanos en diferentes organizaciones, movimientos y sindicatos es parte integrante y condición intrínsica de toda sociedad civilizada mínimamente estructurada; cuanto más libre y más culta es una sociedad, tanto más compleja, variopinta, rica y multiforme suele ser la red de sus diversas organizaciones, incluso me atrevo a decir menos transparente. El asociarse en partidos políticos es, pues, algos así como al culminación de este asociarse -y a la vez parte integrante de la democracia moderna y expresión de la pluralidad de opiniones-. Sin ello resulta difícil imaginar una sociedad democrática que funcione.

Simplemente estoy en contra de la dictadura del partidismo. Es decir, en contra de la influencia dominante de unos partidos desproporcionadamente fuertes. En ningún lugar donde el sistema político -y por lo tanto el propio Estado- está excesivamente subordinado a los partidos o depende de ellos, la cosa funciona. Pienso esto desde hace tiempo y ahora que tengo la oportunidad de hablar con numerosos políticos demócratas, una y otra vez constato esto. Todos me advierten de este hecho y todos me estimulan a que prestemos atención a esto y evitemos todo tipo de desastres a los que lleva el peso desproporcionado del partidismo. En este sentido, bastas con leer Construcción del Estado de Peroutka para comprender que la "dictadura del partidismo" fue la desgracia de nuestro sistema político desde el nacimiento de Checoslovaquia (como mera ilustración: el número de ministros de nuestro primer gobierno no se dio por necesidad práctica, sino que resultaba del número de partidos entonces existentes y del número de sillones que estos exigían). El excesivo énfasis en el partido político lleva a muchas cosas que no son buenas. Por ejemplo: sobre las carreras políticas, más que la voluntad de los electores y las aptitudes de los políticos, decide la lealtad a la dirección del partido, o incluso al aparato del partido. La aspiración electoral o las maniobras preelectorales pasan a ser más importantes que el interés de la sociedad objetivamente comprobable. Se abre un espacio demasiado amplio para las personas ávidas de poder a las que, en determinadas circunstancias, su militancia y servilismo respecto a los líderes del partido les permite hacer una carrera rápido dentro del partido y, hábilmente ocultos detrás de la bandera del partido, alcanzar una posición e influencia que no responde a sus cualidades. Puede suceder fácilmente que, al final, gobiernen a los electores personas a las que no votaron: es suficiente que un partido popular o con programa popular las ponga en su lista de candidatos como premio no a su capacidad, sino, podría decirse, a sus servicios específicos. La sociedad, en fin, vive, de hecho, sólo de unas elecciones a otra; cualquier decisión política va a remolque de las maniobras y cálculos del partido en vistas a las elecciones; nadie piensa más allá ni en otra cosa que en la posición de su partido en las siguientes elecciones.

Vaclav Havel Meditaciones estivales
 
 
 

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